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Felicidad huidiza

Nunca me ha visitado la felicidad. No me ha invitado a pasar por su casa a tomar café ni ha aceptado mi invitación. Creía que la felicidad a veces te saludaba con la mano desde lejos y un día te sorprende llamándote por tu nombre. Después de muchos intentos supongo que el saludo que una vez me devolvió iría para la persona de detrás de mí. Yo, ilusa, me lo creí.
Con el tiempo entendí que tampoco me ganaba esa confianza y por eso me esquivaba. Los errores se pagan y la falta de conciencia se hace presente con más fuerza cuando sin avisar aparece un yo arrepentido, lastimoso, dolorido. Entonces ya es tarde. La felicidad ha dado oportunidades que no quisimos ver y cuando profundamente necesitas de ella, ha tirado la toalla. Quizás solo porque no encontramos el camino para recoger esa toalla, lavarla y olvidar las manchas que no se han podido quitar del todo. Y el problema es ese, que siguen ahí. Manchas que son marcas del tiempo y nos recuerdan una y otra vez lo que fuimos. Podríamos comprar una toalla nueva y todo se solucionaría, pero lo que queremos es renovar la anterior, quitar el tejido dañado y mejorarlo.

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