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Ensueño

                                 Hay un poco de niebla y el sol me deleita tan solo cuando las nubes le dejan paso. Hundo los dedos de mis pies en la arena sintiendo cómo se humedecen en la profundidad. Cierro los ojos. Quiero mentir a mi corazón haciéndole creer que estoy en mi playa con el Peñón de Gibraltar a la derecha y África tras el horizonte, nítida y altiva. Vuelvo a abrirlos, pero lo único que veo al fondo es la gran ciudad.
                                 En el lago unos patos nadan, otros piden comida a los pocos turistas que se acercan. Árboles gigantescos con ardillas trepadoras hacen apacible este lugar. En otoño las hojas son una sinfonía de colores y solo algunos apreciamos el espectáculo que nos ofrece la naturaleza. En esta ciudad lo que más se respira es prisa y falta de tiempo.
                               Un poco más allá un pantano límpido me invita a nadar, hace fresco así que rechazo esa invitación y sigo avanzando con fuerza a contracorriente del viento. Un cartel de cyclists dismount obliga a bajarme de la bici. Miro a mi alrededor y no veo a nadie por lo que sigo mi camino pedaleando. Sin darme cuenta llego a un callejón que casi pasa por inadvertido. Me parece extraño no haberlo visto antes, he venido tantas veces a este parque que me ofendo por mi falta de atención. Miro con cierta intriga y decido dejar la bici atada a un banco de madera áspera. Me adentro en el callejón apartando algunas telarañas, un escalofrío me recorre al pensar que puedo tener alguna por mi espalda. Me sacudo un poco y sigo el camino. Es tan angosto que tengo que pasar de canto. Al final puedo advertir un ápice de luz y mi curiosidad aumenta. Apresuro con ansias mis pasos  y al final el camino se abre hasta llegar a un bosque de flores exóticas con una pequeña cascada que acaba en una fuente. El agua brilla limpia y fresca, al fondo relucen algunas monedas de varios países. Visitantes curiosos que han querido dar las gracias a este lugar. 
                               Un olor familiar me desconcierta, me recuerda a los naranjos que me saludaban cuando estudiaba con la ventana abierta en Sevilla. Miro hacia el cielo, las nubes se desvanecen. Por fin el sol me honra con su presencia. Me siento en una piedra con forma de tortuga y dejo volar mi mente. Naranjos, jazmines, azahares… tan solo me falta recordar aquella dama que sale de noche y de día se esconde. Me doy cuenta de que me siento como esa tímida flor que por miedo, saca a relucir lo mejor de ella cuando la oscuridad llena las calles.
                                Cojo de mi mochila un cuaderno para dibujar aquel lugar de ensueño y uso como pintura los pétalos de aquellas flores exóticas. Cuando salgo de mi ensimismamiento, el cielo nocturno cae como un manto sobre mis hombros. La luna roba una rosa inundando el parque con su aroma. En el silencio se oye la brisa y salgo a la realidad.
                                Todo sigue igual, la gran ciudad al fondo y yo en este País extranjero que por un momento me ha hecho soñar.

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