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Cerezas confitadas

El agua congela mis pasos, está tan fría que quema mi piel. Aguanto un poco más el dolor para probar si así el de mi corazón amengua. De pronto la veo, sus ojos miran fijamente al horizonte como si viajara tan lejos que los recuerdos no puedan ir tras ella. Su tez morena me hace pensar que lleva días en la playa. Su pelo baila con el susurro del mar, castaño, rizado como las olas al romper. Ya no siento fría el agua y mis pies avanzan lentamente sin tan siquiera darme cuenta. Mi corazón, al que hace tan solo unos minutos le faltaba algo, bombardea con ligereza, sonoro, desconocido. ¿Un flechazo? Nunca creí en ello pero quizás sea cierto eso de que a veces conoces a alguien que te hace palpitar.

Paso por su lado y finjo no verla, al mirar por el rabillo de mi ojo derecho siento cómo los suyos, verdosos, me observan. Me intimidan y noto con cierta vergüenza que al lado de ella soy transparente. Aún no he tenido tiempo de tomar el sol y a pesar de que solo sea mediados de Mayo parece que el calor se alimente de nuestro sudor, aumente conforme más embriagados nos sintamos.

Mi espalda arde, giro la cabeza para mirar si está roja pero se mantiene en su pureza. Me adentro en el mar y zambullo mi cabeza sin pensarlo. Casi siento que sale humo al hacer contraste con el agua fría. Nado hasta la boya con esfuerzo, la ruptura ha hecho que pierda el ritmo de mi vida. Al llegar a la meta me agarro a una de ellas y dejo mi cuerpo flotar. Oigo al mar luchando contra las cadenas que sujetan la boya, parece un canto jubiloso, puedo incluso sentir cómo se regocija ante mis cadenas de ausencia.

 

Puedo llevar aquí más de diez minutos barajando la posibilidad de dejarme llevar para siempre. He perdido al tiempo, a las agujas del reloj que avanzan haciendo que mi vida sea más corta a cada segundo. El sol quema mis párpados y el viento azota mi cuerpo. Las gaviotas gritan, creo oírles decir que me suelte de las cadenas y me vaya hacia el horizonte. Abro los ojos desorientado, al fondo la arena dorada me deslumbra. Lentamente casi sin quererlo mi cuerpo se deja ir con la corriente. Nadie me echará de menos, mucho menos ella. Cuando la vi por primera vez quise hacerme notar hasta que sus ojos no pudieran evitarlo, estuve detrás de ella dejando una parte de mí a oscuras. Ahora siento esa oscuridad a solas.

 

Noto luces a través de mis párpados que ciegan mis sentidos. Una voz me dice que vuelva, y yo, perdido en el mar de mis dudas siento solo desaliento. Creo que han pasado varias horas y que ya he llegado al cielo. Ahí está, la chica de la playa. Sus labios se mueven lentamente, carnosos, de esmalte manchado de café. Me pregunto si aquel flechazo fue ficticio y ella es mi ángel. Se acerca, el vestido le llega hasta los pies y se mueve al ritmo de sus caderas. Tras la blanca tela puedo ver sus piernas, gorditas, perfectas como la muerte.

Por una vez no me esfuerzo en gustar a alguien, lo único que quiero es observarle, conocer cómo piensa.

Me has salvado, dije con voz suave.

No te imaginas lo que llevaba esperando por ti, su voz era más dulce que una cereza confitada.

 

 

 

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