Lluvia

Hoy es una noche lluviosa. Una noche donde las estrellas están compuestas por esa lluvia densa que a penas me gusta. No porque acabe mojada de pies a cabeza y la humedad cale hasta el último hueso, sino porque empaña mi alma de melancolía barata.

Los días lluviosos me gustan mucho menos cuando es un día en el que hay que salir a la calle. Porque cuando llueve quiero poder sentir esa melancolía que provocan aquellos libros o películas que gracias a la meteorología puedo disfrutar.

En Londres, los días grises no son exactamente igual que en cualquier parte de este pequeño e inmenso mundo. Aquí el sol no tiene nada que decir frente a la temprana oscuridad. En esta ciudad, donde a veces entiendo el idioma, y otras, tan solo finjo entender, es la única ciudad que conoce el porqué de mis lágrimas derramadas al vacío. Es la única ciudad a la que muestro las pobres sonrisas que mando a las nubes. Las mismas nubes que pasan por inadvertidas los días de sol. Y lo maravilloso de las nubes es que se asemejen a nosotros, ellas van y vienen y tan solo conocen el camino que les dicta el viento. Y cuando están hermosas, nadie repara en que son perfectas, porque tan solo nos importa los nubarrones que nos avisa de que el chaparrón va a caer.

Pero Londres es la ciudad donde la lluvia ligera puede  ser sensual si tienes con quien compartirla, y cuando esa persona con la que solías disfrutarla se va, la lluvia es triste, porque el paraguas solo es para uno, como tu cama, como tus sábanas, como el café insípido de las mañanas.

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