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El lobo solitario

Se quitó el cinturón, se desabrochó la camisa y tiró de la corbata de seda. Cogió el pijama y preparó el té que tanto le gustaba. Cortó el hilo de la bolsa y echó una nube de leche. Se apartó un mechón de la cara para poder mirar la profundidad de la noche.

En la calma pensaba en las palabras, el lenguaje ensordecedor con el que huye del día, tejiendo una larga colmena de sílabas. Hay quien piensa en fotografías congeladas, pero él tan solo tenía letras desordenadas. En la oscuridad es espectador y protagonista, en el día tan solo indiferente. Sabe que es él quien observa la fuerza de la vida y siente que es el velo pintado que entretiene a algunos cuantos. Se queda mirando fijamente cómo no puede articular las palabras que tanto envuelven sus noches.

En la oficina ve un cuadro nuevo, y una pareja sonríen al cielo eterno del amor. Es un fragmento de esa vida que no puede vivir, que en otro tiempo tampoco supo lo que era.

Cada vez que piensa en ello mira el lienzo con desesperación y lo guarda en su memoria. Así puede recrearse en un recuerdo no vivido hasta sentir que en su vida no hay espacio para enamorarse.

-Hola- le dijo aquella chica de labios rojos.

Se apartó al instante.

-Hola- le volvió a repetir.

Entre la multitud no encontró refugio.

-Hola- tartamudeó él.

-Quiero que me hables en tu único lenguaje, soy capaz de comprenderte.

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