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Secretos

Iba en bicicleta por aquel camino desierto más allá del pueblo. La aparición de aquella casa hizo que mis pies dejaran de pedalear, me sentí presa de aquella sensación. Era noviembre y bajo el influjo de un cielo gris sentí un pellizco arisco en mi corazón.

La casa se encontraba en total abandono. La fachada estaba desteñida por el deterioro y el paso del tiempo. Un cartel de se vende se podía adivinar tras las rejas, solo se podía identificar los dos últimos números de un teléfono, el 26.  Algunas grietas se hacían con todo el hogar, roto, como posiblemente la familia que alguna vez vivió allí.

Me senté por un largo rato en aquel escalón y vi una gran mancha oscura. Me sentí insignificante, como esa pobre mancha olvidada. En medio de aquello, cercano a la nada, pude escuchar en mi mente las voces inquietas inventadas. Pude sentir una curiosa compasión. Ajena al pasado de esa casa sentí el dolor que se escondía tras el polvo.

Casi por impulso me levanté y cogí la bici de nuevo. Pedaleé fuerte, muy fuerte. Ya no me gustaba estar allí, no quería seguir escuchando aquellos fantasmas del tiempo. Pero el único movimiento que podía hacer era circular. Huir, volver, huir, volver…

Sin saber cómo llegué a un camino verdoso que llevaba al granero. Avanzaba con pasos sigilosos, como si alguien pudiera advertir mi presencia. Me acerqué y miré tras los cristales sucios. Un montón de paja y poco más. No entendía qué relevancia tenía aquel lugar. Volví a mirar para asegurarme de mi inútil sensación. Para ser un granero parecía que había un premeditado orden establecido. Me dirigí hacia la puerta pero estaba cerrada. La forcejeé pero no obtuve el resultado deseado. Di una vuelta para ver si había algún escondrijo por donde adentrarme. Una lámina de madera se tambaleaba. La hundí hacia dentro y metí la mano. Sentí el pinchazo de un clavo oxidado y el frío de un metal me llamó la atención. Eran unas llaves, posiblemente las de la puerta de aquel misterioso granero.

Introduje la llave, giré hacia la izquierda y la puerta poco a poco cedió. Había un hedor incómodo. Me tapé la nariz y subí las escaleras. Algo reluciente destacaba entre el albero. Escarbé y en el suelo había una puerta pequeña. Miré el manojo de llaves e introduje una al azar. No hubo suerte. Probé una por una hasta que di con la adecuada. Respiré antes de abrir, no sabía lo que podía encontrarme. Decidida abrí la tapa. Retiré unos cuantos periódicos y ahí estaban, cinco cuadernos de cuero. Abrí el primero, parecía una especie de diario.  No entendía porqué estaban bajo llave. Seguí rebuscando pero no había nada más. Entonces miré los periódicos, eran de hacía veinte años, del mismo día en que nací. Los cogí, envolví los diarios en ellos y los guardé en mi mochila. Aligeré el paso y me marché.

Tan pronto como llegué a casa me encerré en mi cuarto. Cogí el primer diario y leí hasta que mis ojos dijeron basta. Hacía tiempo que las palabras no me llegaban tan hondo. Cada letra puesta en su sitio dedicada al dolor de todo lo que había pasado por su vida. Diarios escondidos para que alguna vez fueran encontrados por la persona adecuada, por mí. Conforme más leía más sabía de aquella casa que por unos minutos me fue misteriosa. Ahora parecía que había vivido aquellas historias. Llegué al punto de la mancha de aquel escalón que me hizo sentir olvidada. Aquella mancha una vez fue sangre que rebosó de sus heridas, heridas de la misma mujer que me dio a luz. La misma mujer que escondió cada diario y que sabía que algún día los encontraría para saber la verdad. Y esa verdad, sin saberlo, me liberó de una carga que desconocía.

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