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Lo malo de soñar.

¡Apartaos!

Grité con voz limpia y clara. Con una mano indiqué que quería girar hacia la derecha y el ejército de personas que deambulaban por la calle se apartó de inmediato. Pedaleaba con fuerzas, tenía que sentirme viva. El frío azotaba mi cara, las manos estaban moradas y doloridas por el frescor londinense. Atravesé el parque ignorando las señales que prohibían pasear en bicicleta. Una voz aullaba:

-¡Detente, detente! Esta zona no puede ser transitada en bicicleta.

Alcé mi dedo corazón hacia arriba y continué mi trayecto. Me daba igual todo, ya no podía ver más allá de la tiniebla que rondaba mi interior.

En mi mente tan solo estabas tú. Seguí pedaleando fuerte hacia tu imagen aunque había un problema, no estabas allí. Sufriendo por ti me perdí por la arboleda dejando a un lado mis lágrimas gastadas. Por más rápido que intentaba volar seguía prisionera de mi alma sin tener las alas de la esperanza listas para saltar. Quiero olvidar tu nombre, tu cuerpo, olvidar que existes, pero tu dulce recuerdo aún me habla.

Paro en seco cerca de un lago. El desencuentro es más árido que el desierto. En el lago observo que un pato está solo, apartado de los demás. Me acerco. Siento que algo se estremece dentro de mí y veo reflejada mi soledad en ese pato.

Lejos, deseo la vida que tuve, sin las mentiras, sin el odio, sin ser yo. Una voz familiar dice mi nombre. Suavemente se acerca y mi cuerpo empieza a temblar. Poco a poco levanto la vista y ahí estás tú. Con lágrimas en los ojos te abrazo.

-Te he echado de menos, susurraste.

No hubo más palabras que decir. El perdón, la intención de luchar por un mañana juntos se veía en tus ojos. Entonces desperté y mi corazón se hizo añicos al ver que tan solo en mi imaginación era posible aquel deseo. Desear y soñar no cuesta nada, pero hace daño cuando el deseo se convierte en un imposible que alcanzar. Así que cogí la bici de nuevo y emprendí el camino hacia la soledad en la que me encontraba y de la que aún no he sabido escapar.

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