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CICATRICES

Pasé por el umbral de la puerta y eché un vistazo a mi alrededor. En el salón tan solo había un sofá desteñido y unas cortinas entreabiertas que no dejaban entrar la luz. No había televisión, ni libros, nada que indicara que aquel lugar estuviera habitado, tanta austeridad me confundía y a la vez me atemorizaba. Dirigí mis pasos hacia el pasillo para ver si encontraba la habitación principal. A pesar de la luz tenue pude advertir que los cuadros estaban colocados del revés y solo uno se salvaba de aquel disparate. En él una playa perfectamente pintada y una sombrilla roja destacaba entre tonos pastel y del agua salía una mujer, su mirada infundía terror. Era extraño el modo en el que se podía sentir un movimiento estático a pesar de que fuese un cuadro inerte. Encontré la habitación principal, un cuerpo desnudo se intuía bajo las sábanas que se movían al compás de la respiración. Entré al fondo y me quedé junto a la ventana. En la habitación no había armarios y la ropa estaba distribuida entre el suelo, dos sillas y el escritorio. De alguna forma había un orden establecido dentro de aquel desorden. Me acerqué al escritorio al ver un cuaderno abierto. No había escrito nada importante pero sí lo era el modo en el que las letras bailaban sobre una línea imaginaria descendente. Pasé las hojas con curiosidad pero no encontré nada interesante, excepto una vieja fotografía en blanco y negro. En ella pude reconocer la playa del cuadro, la sombrilla y una hermosa mujer que entraba en el agua con una expresión serena como la que ahora tenía mientras dormía. Mi mente se confundió al darme cuenta de que en el cuadro su expresión era muy distinta, como si se tratase de otra persona.

Me senté en el sofá a esperar a que se despertara y en ese periodo de tiempo pude sentir que mi vida era absorbida por la tristeza y soledad de aquel piso.

Recordé el día en que la conocí en un café de alta sociedad. Yo iba con vaqueros, camisa ancha y unos náuticos para infundir un poco de seriedad a mi vestimenta. Entré y pude reconocerla al instante. Se recogía algunos mechones color plata y me dirigió una sonrisa nerviosa, era muy guapa para su edad. Durante la entrevista tuve una sensación de desconcierto. Y de entre veinte solicitudes obtuve el puesto. Yo, un muchacho desaliñado que apenas había ejercido como enfermero.

Escuché cómo los hierros de la cama se movían y me dirigí de nuevo al dormitorio. Unos ojos negros brillantes me saludaron.

-Buenas tardes Señora Water. ¿Ha dormido bien?

-Querrás decir buenos días- refunfuñó

-Señora Water, ha dormido toda la mañana. Ya son más de las doce del mediodía. -Hizo ademán de levantarse de la cama

-Permítame señora- de un salto me acerqué para ayudarla a ponerse en pie.

-No me toque joven. Soy una anciana fuerte, solo necesito reponerme de este sueño.-Dijo con un bostezo.

-Además, no me llames de usted. Me repugna la forma en la que me habláis vosotros los jóvenes. Pero bien, has de saber que la juventud se va hijo y el tiempo no es franco con las personas.- Sacó una bata de debajo de la almohada, se la colocó y se sentó al borde de la cama con esfuerzo.

-Cómo desea que le…- Me miró desafiante- ¿Cómo quieres que te llame? Rectifiqué.

-Llámame Gloria.

-Bien Gloria,voy a tomarle la tensión antes de que se bañe. Es importante que el agua caliente no la altere-Le expliqué.

-Catorce-ocho, ¡está usted como un roble!

-Ya te he dicho que soy una anciana fuerte, ¡y deja de llamarme de usted! Dios Santo, será mejor que dejes de hacerlo.

-Dime Gloria, quieres que te bañe o puedes tú sola.

-Pues claro que puedo yo sola. Si necesito ayuda ya te lo diré. No te hagas el listillo conmigo.

No respondí. La cogí en brazos y la llevé en volandas. Su cuerpo se sentía liviano. Al pasar por el pasillo vio cómo miraba los cuadros y antes de que pudiera preguntar nada me habló:

-Anda hijo, prepara la comida mientras me baño. Tardaré media hora, así que no tardes.

Camino a la cocina oí las viejas tuberías silbar.

Preparé la bandeja con la carne, las verduras y lo metí todo en el horno. Puse el tiempo y a esperar. Aún me quedaban veinte minutos así que fui al cuarto y abrí algunos cajones del escritorio. Nada, vacíos, como la casa, vacía de cualquier recuerdo excepto por unos cuadros y la fotografía. Los volví a abrir para ver si había algún trasfondo, pero nada. Había borrado cualquier pasado. Al darme media vuelta me topé con sus ojos negros y su cuerpo desnudo.

-Gloria- dije con la voz alzada- creía que me avisarías al terminar.

-Ya te he dicho que cuando necesite ayuda te la pediré. Ahora quiero que te vayas de mi casa.

Sus muslos, su abdomen, sus pechos, todo era una gran cicatriz.

-Venga Gloria, tápate que vas a coger frío.

Cogí la toalla que había en el escritorio y la envolví en ella.

-Quiero que te vayas ahora mismo, venga, vete- Gritaba, su pelo estaba tan enfurecido como ella. -Joven arrogante. ¿Crees que puedes venir a mi propia casa y rebuscar entre mis cosas?

Su respiración empezó a entrecortarse y antes de que pudiera llegar a los pies de la cama la cogí entre mis brazos. Pataleaba sin fuerzas. La metí en la cama, le agarré los brazos e intenté tranquilizarla.

Durante al menos quince minutos hubo un silencio absoluto.

-Tenía 17 años- dijo con una voz pausada- Aquel año fuimos a veranear a casa de mis tíos que vivían a pie de playa. Normalmente no había nadie en ese trozo de mar así que para una adolescente aquellas vacaciones eran una tortura en soledad. Cada mañana cogía mi lienzo, las pinturas y pintaba la naturaleza que me rodeaba. Un día, mis tíos invitaron a un matrimonio y a su hijo a cenar. Él tenía por aquel entonces 23 años y le faltaba uno más para terminar la carrera de arquitectura. Yo, a diferencia de él, no pude estudiar, ayudaba a mi padre en su tienda de ultramarinos. Mientras todas mis amigas iban al colegio o al cine con sus novios, yo trabaja perdiendo mi juventud. Aunque lo cierto es que tampoco me interesaban los chicos, ni siquiera sabía lo que era un beso.

-Gloria- la interrumpí- No es necesario que…

-Al finalizar la cena, el estudiante de arquitectura me invitó a dar un paseo. Sin saber porqué de mis labios salió un sí. Durante ese verano Mario y yo nos vimos cada tarde, sin excepción.

Aquella tarde me fotografió. Al salir del agua me cogió del brazo, me arrastró hacia él y me besó. Mentiría si dijera que no me gustó. Me gustó tanto que me asusté y eché a correr. Él vino detrás.

– ¡Gloria, Gloria!

Pero no cesé. Cuando miré de nuevo ya no estaba. Volví hacia la sombrilla con la esperanza de que me estuviera esperando, pero cuando llegué ya no había nadie. Mi corazón se paró un instante. Corrí hacia el agua, estaba tan fría que mis pies se congelaron, necesitaba sentir un dolor físico. Al salir del mar vi que de la casa de mis tíos salía humo. Fui tan rápido como pude, pero el fuego se propagó rápido- Con una mirada fría y distante cesó de hablar.

El silencio duró menos de un minuto, pero me pareció una eternidad.

-Mis padres gritaban. Estaban encerrados entre el fuego y el salón. Sin pensarlo entré sorteando las llamas. Lo próximo que recuerdo es estar en el hospital y ver a mis tíos llorando. Ellos estaban fuera aquel día, pero mis padres no tuvieron la misma suerte. De aquel incendio tan solo sobreviví yo.

-¿Y la fotografía?- pregunté con voz temblorosa.

-Al darme de alta en el hospital me marché a casa. No soportaba estar allí. Al cabo de unos meses recibí un sobre de Mario con la fotografía. Con rabia pinté exactamente aquella playa, pero solo la parte que nadie inmortalizó. La parte en la que veo mi vida derrumbarse.

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