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La caricia de la muerte

La edad no era impedimento para Jose Garrido. Con sus 79 años subía a los escenarios cada noche dando el do de pecho al final del aria y el público se venía arriba, lo querían. Aquella mañana se despertó y supo que 49 años dedicados a su único amor eran más que suficientes. Una sensación de soledad le invadió, sentía que la muerte le alcanzaba. No solo porque se le venía encima, sino porque al terminar con su carrera, sus días dejarían de tener sentido. Preparó un baño bien caliente y pensó en los jóvenes que ocuparían su lugar. Ya nadie canta como antes, se dijo a sí mismo. Sabía que esa noche sería la última cita con su amor incondicional y sus amantes pasajeros, el público. Cogió la toalla, quitó el tapón de la bañera y miró fijamente cómo el agua se deslizaba por aquel desagüe, como su vida en el mundo. Preparó el desayuno con la ilusión de llegar al teatro para el ensayo general. Pero nunca llegaría. Alguien le esperaba. Alguien con los sueños atrapados tras la sombra de esa vieja gloria. Con la mano temblorosa cargó el arma y esperó a que saliera Jose Garrido. Al escuchar el ruido de la cerradura, sin pensarlo, apretó el gatillo y sintió la libertad de la sombra disiparse. En el piso de arriba se oían movimientos agitados debido al disparo. Antes de matarlo, pudo advertir alivio en los ojos de Jose Garrido. Si no podía seguir cantando, la muerte era más placentera que vivir sin poder subirse a un escenario. Y como en Tosca, la sangre caía limpia, como su voz lo había sido alguna vez.

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