Home » La importancia de vivir » Enfrentando los recuerdos

Enfrentando los recuerdos

Tarde de otoño. Las calles están oscuras y en el silencio solo se oyen las hojas caer y el paso del tiempo. Por lo que podría ser una carretera los coches pasan con sus historias. A veces la vida se queda en casa, con nuestros recuerdos, y los coches son algo más que un medio de transporte o un motor rugiendo.

Sigo caminando hacia aquella casa que solo me trae malos recuerdos. No sé si estará tal y como la dejé. Espero que así sea, aunque dentro de mí entiendo que igual que las personas, las cosas si no se cuidan se deterioran más rápido.

Emoción, alegría, tristeza por la vida que me tocó vivir. Los sentimientos se despiertan conforme me acerco al olor que guardo en mi memoria.

Ya he llegado, me doy cuenta al sentir en mis pasos el peso del pasado. Subo las escaleras a cámara lenta, quiero retrasar el tiempo. Recorro con mis dedos aquella fachada tan especial de azulejos, siento el frío de las baldosas de colores y un dolor punzante se confunde con el de mi alma, es mi dedo que sangra, alguna losa está rota. Aún están los dibujos de la pared que luchan contra el paso de los años para no desaparecer. Puedo advertir que la puerta verde con su vidriera dibujando un paisaje de rosas y claveles en la hierba sigue intacta. Por fin abro. Un hedor a cerrado viene a mi encuentro. Entro y entonces recuerdo. Aquel pasillo interminable, o al menos eso me parecía cuando era pequeña. Las paredes repletas de cuadros de mis antepasados recordando lo que fueron. Una escalofriante tristeza inunda mi mente. Sigo recorriendo el pasillo hasta llegar al fondo y a la derecha está aquella puerta con piquetes. Es mi habitación. Cierro los ojos para no desvanecerme y entro.

Tiene una extraña forma hexagonal, y al final hay unos ventanales enormes que llegan hasta el suelo. Las cortinas blancas están amarillentas, los años no pasan solo por mi piel. A la derecha, la cama. Deshecha, como si alguien acabara de dormir en ella. Está tal y como la dejé. Me acerco y husmeo las sábanas verdes, el color de la esperanza. Huelen a polvo y a dolor. Un biombo turquesa con pájaros rosa palo sirve como cabecero, ahora descolorido por el sol. A la izquierda el gran armario que me hizo mi abuelo. Madera de roble, hecho a mano. Me transmite la ternura de aquel anciano que apenas conocí. Un gran espejo de cuerpo entero de madera me hace despertar de aquel ensueño. Tenía cinco años, una niña menuda, de mirada frágil, pero de fuerte corazón. Así me veo en aquel espejo por un instante, porque así era cuando dejé esa casa después de que aquel hombre llamado padre me dejara ciega. Ahora no logro verme tal y como soy, ni en mi imaginación, ni en mis sueños, tan solo en mi memoria.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s