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Reflexiones de culpa sin intención

Recientemente he leído un libro que me ha inspirado, me ha transmitido lo que pocas veces unas líneas han conseguido. Ha traspasado mi piel y llegado a lo más hondo. Y me ha hecho reflexionar. Ha despertado en mí sentimientos de culpa, sentimientos de bondad, de amor… Y es que no nos damos cuenta del daño que podemos hacer sin querer con nuestras acciones o nuestras palabras. Sea por algo específico, o porque nos enfademos, no importa. Todo tiene repercusiones y se queda grabado muy dentro. Pocas veces nos llegamos a preguntar si nuestros actos tendrán consecuencias negativas o positivas en aquellas personas. O si esa persona en concreto puede que le afecte más porque quizá esté pasando un mal momento en su vida, y ahora mismo, lo único que le puede salvar es la gratitud y amabilidad de los demás. Y si lo que obtiene es lo contrario, aunque a ti te parezca de lo más normal, puedes influir de manera muy negativa a su conducta, a lo que le queda por venir. Porque si sumas la cantidad de veces que vas a un lugar, o hablas con alguien y lo que obtienes es cero amabilidad y comprensión, entiendes que haya personas que se hundan poco a poco. No hacemos nada para ser agradables con las personas que nos rodean, ni por preocuparnos si están bien o lo estarán tras estar pasando un momento duro en sus vidas. Porque si les vemos sonreír, ya nos es suficiente, aunque sea una sonrisa  amarga y sus ojos pidan socorro en silencio. Preferimos obviar todos las señales que nos mandan, porque no tienen el valor de pedirlo con palabras, pero el dolor se siente e intentan pedirnos compasión a gritos aunque sean mudos. Y sí, todo el mundo lo hacemos alguna vez, esquivar esos síntomas que nos llegan, porque es más fácil decir: no aparentaba estar tan mal…pero dentro de nosotros algo se remueve, un fuerte dolor de barriga y sudores fríos que nos invade por la culpa. A veces lo ignoramos por pereza, otras, porque no tenemos fuerzas para lidiar con los problemas de los demás, porque nos basta con los nuestros. O simplemente, esos problemas  no son de la misma magnitud para nuestros ojos, pero para aquellas personas son el mundo que se derrumba, y ya han dejado de luchar por recomponer los pedazos que van cayendo. Por falta de fe, quizá, por falta de apoyo, seguramente. Por falta de sentirse comprendidas, de sentir que las personas no hacen más que indagar en su alma para torturarlo, puede ser.

Y no es la primera vez que vemos personas perfectas, que son seguras de sí mismas aparentemente, que irradian luz propia en cada mirada y sonrisa que lanzan. Por esas razones nos sentimos inferiores a ellas, e intentamos no intencionadamente derrumbar la seguridad que vemos, sin saber mucho más de su vida. O algunos lo harán con la intención de eliminar lo que les queda porque ellos no saben lo que es pisar fuerte. Sea como fuere, lo hacemos a ciegas. Y por cada persona que lo hace, la seguridad y la luz van huyendo al fondo del armario del sufrimiento. Tan solo les queda vivir en las sombras. Y así es como luego nos sorprendemos de que las personas vayan a peor, puedan estar deprimidas o vayan a terapia.  Porque no es para tanto ¿verdad? Pero lo cierto es que basta poco para derrumbar el mundo de una persona. Basta con soplar un poco cada día la casita de madera hasta que ya no pueda sostenerse en pie y el lobo pueda entrar dentro, y ya no haya lugar donde esconderse ni sentirse segura ante él.

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