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Jugando a ser mayor

A veces la decepción es inevitable. Tan solo porque las cosas no ocurren como querríamos, porque quizá no sea el momento o porque las personas no actúan como necesitamos que actúen. La responsabilidad de sentir esa decepción se queda contigo y no puedes escapar.  Aceptar la realidad es un hecho que nos ayuda a madurar y la madurez, como todo, tiene su parte buena.

No hay que elegir cuando acaba la ingenuidad y empiezas a ser adulto. No es un evento que apuntes en el calendario, ni es un día para recibir felicitaciones. Es un acontecimiento que celebras a puertas cerrada contigo misma sabiendo que has dado un paso para saber cómo amortiguar los golpes. Porque la madurez nos ayuda a detectar por lo que merece la pena preocuparnos o no. Nos cambia, nos quita esperanzas para darnos otras nuevas.  Nos da una forma diferente de vivir y de contemplar las distintas vistas del mundo desde nuestro terreno un poco más firme. O eso creemos, pero la ingenuidad siempre se queda de nuestra parte. Para dejar libres nuestros viejos hábitos, tenemos que aprender a guardar a veces nuestro espíritu joven y comportarnos como lo que somos, adultos reciclando nuestros hábitos. Así, las decepciones duelen menos, porque siempre hay que recordar que entre lo malo hay cosas a las que debemos aferrarnos para que el daño sea más leve.

La verdad es que a todo el mundo le gusta pensar que puede ser fuerte. Lo cierto es que tu debilidad te hace fuerte y tu fortaleza te debilita. Todo es como un juego del Risk. Si arriesgas todos los batallones, te debilitas y no puedes vencer a tu enemigo. Hay que aprender a bajar la guardia, y en algunos momentos es lo mejor que podrías hacer. Solo tienes que saber el momento adecuado para hacerlo. Aunque a las personas nos gusta sufrir, sentir el drama. Es una adicción que nunca termina y pasa de hacerte sentir bien a dolerte sin darte cuenta.

En la vida llega un momento en que te conviertes en adulto y tienes permiso para casi todo. De pronto llegan las responsabilidades, y ya no quieres ser el adulto que soñabas ser. Nos hacemos mayores, pero nunca somos adultos del todo. Siempre tropezamos dos veces, siempre dudamos, siempre somos esos niños asustados que juegan a ser mayor.

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